Ensueño entre llanuras y montañas
El Siambón.

Rodeando la capital de Tucumán puede realizarse un circuito de hermosísimos y contrastantes paisajes con variadas muestras de la fe católica y de artesanías. Ideal para hacerlo en dos días, tomando como punto de partida la citada San Miguel.

De la llanura al cerro, de los cañaverales húmedos a la frescura seca serrana, de la ciudad oprimente a los grandiosos miradores en lo alto de la montaña: ¡tanta diversidad! Y todo esto en un recorrido de apenas 120 kilómetros. Es un caso único: el circuito de San Javier y Nougués que bordea el macizo del Aconquija.

El monasterio Cristo Rey
Este recorrido turístico permite algunas variantes. Pero, tal vez, lo más indicado para el viajero deseoso de conocer el país y su gente es salir de San Miguel de Tucumán en dirección norte por la Ruta Nacional 9 para recorrer 25 kilómetros hasta poco antes de alcanzar Tapia. Aquí se tuerce hacia la izquierda para encarar el macizo del Aconquija.

El camino asciende y serpentea hasta desaparecer detrás de la cumbre del Periquillo. Se pasan casas dispersas y algún poblado veraniego, como Raco, hasta que se llega a un convento llamado Cristo Rey. En él los hermanos en Cristo administran un monasterio que, desde hace más de medio siglo, es un sitio de retiro espiritual y recogimiento, pero donde el viajero además puede adquirir diversos productos de elaboración propia, como miel, propóleos, nueces, hierbas y artesanías. La capilla es sencilla e invita a un momento de retraimiento. 

Un jardín de altura
Pero no es el caso quedarse por demasiado tiempo en la recóndita abadía. Apenas cinco kilómetros más adelante por la Ruta Provincial 341 queda Siambón. Se trata de un conjunto de residencias, buenos hoteles, campos de golf, restoranes con excelentes menús y cartas de vino, y todo esto cobijado en un tranquilo valle de altura donde siempre parece primavera gracias a los vientos suaves de montaña.

Es la segunda parada de este circuito de ensueño que sorprende al turista. Y bien puede ser el lugar donde se intercala un alto para almorzar y luego reanudar la marcha por este circuito casi mágico.

Es cuestión ahora de retroceder un tramo en la dirección de donde vinimos, desandar unos once kilómetros por el pavimento de la ruta 341 y llegar hasta Las Tipas, nombre de un árbol autóctono. Aquí se tuerce hacia la derecha para tomar otro camino y seguir los carteles que señalan San Javier (RP 340). 

El panorama se abre y se observan los llanos tucumanos cuajados de cañaverales y de plantaciones de citrus. Con este escenario a mano izquierda del viajero, el pavimento faldea las cumbres de San Javier y por fin alcanza un balcón natural que deja atónito al forastero: desde los 1.200 metros sobre el mar, la vista se posa sobre San Miguel de Tucumán y se pierde en lontananza, donde se extiende la planicie del gran Chaco cuya existencia solo se intuye aunque no percibe.

En San Javier existe un hermoso hotel con restaurante-confitería cuya terraza invita a reposar un rato y deleitarse con la magnífica visión. Una estatua monumental del Redentor domina la comarca.

La efigie del Cristo fue realizada en 1942 por el artista local Juan Carlos Iramain, tiene 28 metros (aunque parece más alta) y se descubrió coincidente con la inauguración de la hostería provincial para convertir este solitario paraje en una concurrida villa de solaz y recreo.

Hacia Villa Nougués
A corta distancia de San Javier se abren dos opciones: descender a San Miguel por las curvas y rulos que, a través de Yerba Buena, conducen a la bulliciosa capital provincial, o bien continuar faldeando los ceros y seguir quince kilómetros más hasta alcanzar Villa Nougués. Esta es otra población veraniega inmersa en un plumón de flores y rodeada de bosques, donde tomar el té, o bien, ¿por qué no?, pernoctar.

Nougués, nombre de una de las familias tradicionales de Tucumán, dueña de tierras, de cañaverales y de ingenios, es, a todo esto, el punto más alto de este recorrido pintoresco, más alto que San Javier e inclusive que Siambón. El altímetro aquí marca, y ni siquiera hace falta mirarlo porque se siente en el aire, casi 1.500 metros de altura. Un lugar ideal tanto para disfrutar de una merienda como para quedarse a dormir casi entre las nubes.

De Nougués el pavimento se zambulle en curvas audaces por unos doce kilómetros hasta el venerable ingenio San Pablo; diecisiete kilómetros restan para el agitado centro de la ciudad de Tucumán.

La realidad cotidiana nos da la bienvenida. Acabamos de hacer una excursión de ensueño.


Pie de página